“Claudio, mi amigo Senderista y Agustín Mantilla”… Por: Juan Silva Vidaurre

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Cuando hacía los noticieros de Canal siete, bajo la dirección de Américo Solis y Julián Cortés Sánchez, allá por los años del 85 al 92, una mañana del año 89 ú 88 me dice mi Director que me estaba llamando insistentemente, un tal Claudio, que quería hablar conmigo, Esperé un tiempo a ver si llamaba de nuevo, pero sin suerte.

Al día siguiente fue lo mismo, y eso se repitió varias veces. Hasta que por fin coincidimos, me puse en contacto con él, me dijo textualmente lo siguiente: “Señor Juan, usted me inspira confianza, no me defraude, mire, yo era senderista, hasta que deserté al ver los crímenes sin sentido que ejecutaban. Usted no sabe señor, estos malditos han matado a toda mi familia, estoy solo, tanto por el lado de mi esposa como del mío, han muerto 24 familiares, no respetaron ni abuelos ni niños, a todos a machetazos los han asesinado, yo estaba escondido, era a mí a quien buscaban por desertar, y en castigo vi lo más espantoso que ningún ser humano hubiera podido soportar. Como despedazaban a mis familiares, señor periodista”.

Y qué quieres que haga yo, por qué me cuentas todo esto, repliqué, qué puedo hacer yo, mucho señor, respondió, quiero guiar a la policías o a los militares donde se encuentra esta agrupación, sin mí, nunca llegarán, quiero que me lleven donde el ministro del Interior, quiero llevarlos al sitio y que me dejen que yo, tome la justicia en mis manos. Quiero matarlos.
Sorprendido, no atiné a decirle a nadie. Pensé que también podía ser una broma de mal gusto. O verdad, quién sabe, me dije.

La siguiente semana fui al ministerio del Interior y hablé con Ladrón de Guevara que, creo, era viceministro, le conté todo, puse énfasis en el tema que el senderista sabía todo de mí, y si le pasaba algo a él, temía que se vengaran con mi familia o conmigo.

Ladrón de Guevara, a quien había conocido cuando se desempeñaba como Presidente del directorio de Enaco, me dio todas las garantías, tráelo, hablaré con Mantilla.

Unos días después me confirmó que mantilla, ministro del Interior, tenía conocimiento ya del tema y que me prometía que no lo tocarían.

No había celulares, tenía yo que esperar que me llamara Claudio. Me citó varias veces y nunca llegaba, luego me explicaba que era por seguridad, yo voy don juanito, pero cuando veo algo dudoso, me retiro. Usted comprenderá. Pasó un mes, y no tenía contacto con Claudio, el ministro me mandaba mensajeros preguntando sobre el tema.

No había señales de Claudio. Una mañana salgo de hacer el noticiero, mi carro un Dogde Coronet, verde de dos puertas, que heredé de mi padre, hermoso, pero súper tragón, lo dejaba al frente del canal siete; subo al carro, tremendo lanchón, y me enrumbo por la vía Expresa, estaba pasando bajo el puente de  Canadá, cuando de pronto sale del asiento trasero un tipo que me dice soy Claudio, les juro que casi me desmayo, perdí el control, pude chocar, me iba de un lado a otro. Tuve que salir de la vía y parar en un parque y respirar, como mierda me haces eso, le dije, qué terruco ni ocho cuartos, me puse bravo, pude haber ocasionado una desgracia carajo, le espeté. Claudio el senderista, calló, me dio la razón y me pidió comprensión.

Bueno, le dije, vamos para entregarte al ministro, todo está arreglado, no te pasará nada, pero dudo que te dejen que tú hagas justicia por tus propias manos. No señor Juanito, de eso se trata, los llevo pero yo los mato. Eso no puede ser, respondí.

Llegamos al ministerio. Lo dejé en el carro y subí a hablar con Agustín Mantilla, le reiteré mis temores y él me reiteró que nada le pasaría. Bajé y lo subí. Entré a su despacho y los presenté, les dije, hasta aquí mi participación, Agustín, él te pondrá en autos. Apretones de manos y me fui.

Pasaron semanas de incertidumbre, temores y angustias. No podía hablar con Mantilla, habían pasado casi dos meses. Me puse en todos los escenarios probables, lo mataron, fugó, sabe Dios.

Una mañana, alguien grita, Juan, llamada para ti, contestó y escucho, soy Claudio, don Juanito. Pucha madre, cómo estás, cuéntame cómo fue, todo bien señor Juanito, cumplí en todo, y ellos (los militares) cumplieron conmigo. No existe más esa célula. Todos murieron. Me comentó. Lapidario.

Y tú dónde estás, yo señor Juanito, salgo fuera del país, tengo otra identidad. Nunca más sabrá de mí.

Y así fue, nunca más supe de él. Nunca más hablé con Agustín del tema. Ahí terminó.

Nunca sabré exactamente lo que ocurrió. Ni quiero saberlo.