Chile: Emilia Nuyado, la primera dirigente mapuche que asume como diputada

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El día en que la mujer mapuche llegó al Congreso

Emilia Nuyado es la primera dirigenta mapuche que llega a ser diputada en la historia de Chile. Luego de asumir su cargo, se reunió con un centenar de mujeres mapuche que viajaron toda la noche para abrazarla en medio de cultrunes, hojas de canelo y trapelacuchas. Aquí los detalles de la emocionante celebración de este hito histórico que retoma la lucha política institucional del pueblo mapuche después de 45 años y que se mantuvo al margen del mediático cambio de mando.

Una estampida de hojas de canelo, cultrunes, trutrucas y trapelacuchas corrió al encuentro de Emilia Nuyado Anchapicún (49), quien se asomaba, a paso cansado, por el otro extremo de una calle desierta de Valparaíso, cercada por vallas papales. En medio de agudos aullidos, el tumulto rodeó a la mujer y la bañó en abrazos.

“¡Se siente, se siente, Emilia está presente!”, repetían al son de tambores y trompetas mapuche. Eran 180 personas de distintas comunidades de los alrededores de Osorno, la gran mayoría mujeres, que juntaron moneda por moneda los 30 mil pesos para pagarse el viaje a Valparaíso. Después de pasar toda la noche adentro de un bus que atravesó más de mil kilómetros, amanecieron en el puerto y esperaron, a pleno sol, las horas que tardó en terminar la ceremonia del cambio de mando para abrazar a su hermana.

Dentro del Congreso, la flamante diputada recibía la ovación más impactante de la jornada, cuando se levantó a emitir su voto para la presidencia de la Cámara Baja. Vestida de blanco y negro, con el atuendo tradicional de las mujeres araucanas, saludó al público con cara sonriente. Una cara indígena, de sonrisa ancha y ojos negros rasgados.

Emilia Nuyado es la primera dirigenta indígena que entra al Congreso en toda la historia de Chile. Antes de ella hubo ocho diputados hombres que pertenecían a la dirigencia social de su pueblo y que legislaron en distintos periodos entre 1924 y 1973. El último en ser electo fue Rosendo Huenuman, quien no alcanzó a ejercer su cargo por la interrupción del Golpe, que truncó todo un proceso de lucha política institucional. De vuelta a la democracia, entraron Francisco Huenchumilla (DC) y René Alinco (PPD), ambos de ascendencia indígena, pero ninguno ligado al movimiento social. Lo mismo ocurre con Aracely Leuquén (RN), diputada recién electa. Por eso la elección de Emilia Nuyado es un hito histórico que pretende retomar un proceso que su pueblo inició hace décadas y que fue extirpado hace 45 años. Este domingo los pies indígenas volvieron a pisar el Congreso. Y por primera vez en la historia esos pies son de una mujer.

Emilia Nuyado es mapuche-huilliche, oriunda de la comunidad de Huacahuincul, a 30 kilómetros de Osorno. Cuando era chica caminaba descalza casi 4 kilómetros para ir a la escuela, un privilegio al que pudo acceder gracias al sueldo que ganaba su hermana mayor trabajando como empleada puertas adentro, que entregaba completo a la madre para mantener a la familia. Cuando no estaba en el colegio, Emilia trabajaba para ayudar a la familia: tejía y vendía porotos en la feria con su padre.

Fue él quien la incentivó a entrar en la política. El año 2000, poco antes de morir y justo después de que el Partido Socialista le ofreciera a Emilia ir como candidata a concejala por la comuna de San Pablo, soñó que su hija ganaba. Y así fue, después de formar dos comités rurales de mujeres, fue concejala durante cuatro periodos y el año 2002 fue electa como consejera nacional de la Coorporación Nacional de Desarrollo Indígena (Conadi), lugar que mantuvo durante tres periodos. Para ambos cargos fue electa con la primera mayoría. Y en 2017 se candidateó como diputada, escaño que ganó con cerca de 8 mil votos al ser arrastrada por su compañero de lista, Fidel Espinoza (PS). Hoy representa en la Cámara baja al distrito 25, que incluye las comunas de Osorno, San Juan de la Costa, San Pablo, Puyehue, Río Negro, Purranque, Puerto Octay, Fresia, Frutillar, Llanquihue, Puerto Varas y Los Muermos.

Al menos un representante de cada una de esas comunas estuvo toda la mañana esperándola a pocas cuadras del Congreso. Una de las mujeres más viejas de la comitiva, cubierta por un pañuelo verde y un trarilonko de monedas plateadas en su frente, espera pacientemente bajo la sombra de un muro.

—Allá nosotras vivimos la pobreza, hay que decirlo. Van los políticos a pedir el voto, llegan acá y se olvidan. Pero somos seres humanos y sabemos dar nuestro voto a las personas que nos van a ayudar, sobre todo a una mujer mapuche, que nunca hemos llegado al Congreso. Estamos confiadas en que nuestra ñaña (hermana) no se va a olvidar nunca de nosotras. Mi piuke (corazón) está muy alegre- dice. Quiere aclarar que tiene 80 años y que se levanta todos los días a las cinco de la mañana para cuidar su campo, sus aves y sus animalitos. Que no es empleada de nadie.

—¿Y cómo está su corazón con el hecho de que asuma Piñera como presidente?

—No muy conforme. Él dice que va a ayudar, pero se olvida.

—Vinimos a darle apoyo a nuestra ñañita Emilia -dice otra mujer- La sacamos como diputada y estamos aquí para que no se sienta sola. Vamos a estar en las buenas y en las malas con ella. Yo la conozco hace muchos años, tiene una trayectoria que ha ido pasito a pasito subiendo. Siempre ha sido una mujer guerrera que ha defendido la naturaleza y los derechos de los pueblos originarios y esperamos que siga haciendo eso, porque ahora tiene un cargo más importante donde la pueden escuchar.

Antes de que termine de hablar, se acerca un dron blanco a grabar la escena. Una de las mujeres que está a su lado se arremanga la falda con una mano, con la otra levanta la rama donde amarró la bandera del pueblo y hace como que va a derribar al dron, ese aparato tecnológico que parece ser la cosa más distinta a ella en todo el universo. Todas se ríen con el chiste. De quién maneja el dron no hay rastro. Toda la prensa está aglomerada en el Congreso, de este episodio nadie tiene idea.

Una de las mujeres se pasea por la gente ofreciendo mate con murta. Es Prosperina Queupuan, concejala de San Juan de la Costa e íntima amiga de la diputada. Me alcanza el mate y aprovecha de arreglar el tocado a su hija de diez años. Se llama Kalfu, que significa azul; el mismo color que tiene cada prenda de su vestimenta. En su cintura, enganchado al cinto que sostiene la falda, hay un racimo de hojas de foye o canelo. Un racimo similar a ese llevan muchas mujeres en sus manos y lo agitan con fuerza en el aire apenas ven asomarse a la nueva diputada por el otro extremo de la calle, como si quisieran traspasarle todo el newen (fuerza) de su árbol sagrado.

La delegación cruza la calle al encuentro de su diputada y hacen fila para abrazarla. Luego del emotivo encuentro, que tiene a Emilia Nuyado al borde de las lágrimas, la comitiva completa camina arrastrando sus pertenencias indígenas por cuatro cuadras hasta la sede del Sindicato de Trabajadores Número Uno de Chilectra, que se consiguieron prestado para la reunión. Prosperina está asombrada por la emoción que ve en los ojos de Emilia. Nunca la ven llorar, dice. Es ella la primera en tomar la palabra, sentada en el escenario al lado de su amiga diputada.

—Estamos aquí muchas mujeres, la mayoría. Mujeres dirigentas que llevan la batuta en sus comunidades, que hacen lucha día a día. Sabemos el esfuerzo que hay detrás. Muchas veces dejamos cosas de lado, pero hay que pensar en el bien mayor, no en mezquindades. Y eso pudimos hacer. Ustedes hicieron un gran esfuerzo para venir acá, pero eso no va a doler, porque tenemos aunque se aun pequeño espacio en la Cámara de diputados.

“¡No duele!”, grita el público.

Prosperina sigue:

—Este país es un país plurinacional. Queremos un país integrado, que reconozca que nosotros estábamos aquí cuando llegaron. Nosotros hemos sabido convivir, no nos vengan a decir que no lo hemos hecho, pero nos hemos cansado también. Tenemos hermanas machis, autoridades, encarceladas y eso no puede estar pasando. Por eso nos hemos levantado. Nuestros derechos han sido vulnerados y hoy día una mujer va a defender esta necesidad.

Aplausos, gritos, trutrucas.

Kalfu escucha el vitoreo a su mamá desde el suelo de la pequeña cocina. A estas alturas, está descalza sobre las baldosas frías, apoyada contra el refrigerador que desenchufó para cargar el celular. De pie a su lado, una mujer abre la llave del agua para tomar. Otra la detiene y le ofrece una botella: es agua del sur, traen botellas y botellas para no consumir la de Valparaíso, que tiene un sabor a cloro que les parece insoportable. El agua que cargan ellas es dulce.

En solo tres horas parte de vuelta el bus a Osorno, donde muchos llegarán directo a sus trabajos. Todavía ni siquiera almuerzan. Pero va a hablar la diputada, así que nadie se mueve de su lugar, aunque no faltan los que cabecean de sueño.

—Quiero saludar a cada uno de ustedes con gran emoción. Antes era su candidata, hoy día convertida en su diputada, hermana mapuche, amiga y vecina gracias a este importante trabajo que hemos realizado. Este sacrificio que han hecho ustedes solamente lo hacen los que tienen en su corazón el gran sueño de hacer las cosas diferentes. A todas aquellas que todavía no les he dado el abrazo, quiero darles las gracias. Esto era algo inalcanzable, imposible. Si lográbamos ganar íbamos a hacer historia, y eso es lo que ustedes me mandataron. Hay que reconocer el rol que tuvieron desde el inicio, el nombre de cada una que no se nos quede fuera.

Entonces, Emilia Nuyado pregunta cuántas personas viajaron de cada comunidad, y da la palabra a todas quienes quieran hablar. Las nombra una por una, agradeciendo. María, Elita, Ximenita, Rosa, Erika, Patricia, Teresa, la ñañita Priscila, Clotilda, Flor, Mary, Zarita, Eliana, la ñañita Silvia, la señora Leo, Gloria, Nicole, Yolita. El acto se extiende por una hora y media y la que menos habla es ella. Ella quiere escuchar.

“Emilia es una mujer con fuerza, luchadora, y a esa mujer teníamos que fortalecer nosotras mismas. Mujeres como ella se necesita mucho más, si fuéramos así las mujeres mapuche no estaríamos tan discriminadas. La discriminación es muy dolorosa, yo la pasé y por eso luche para que ella llegara donde está. Llegué a llorar de emoción cuando supe que salió elegida”, dice una mujer.

“Tengo 17 años y la ñañita Emilia me ayudo mucho a mí y mis hermanas con la beca indígena porque mi familia no sabía cómo hacerlo. Hay momentos buenos y malos y ahí uno ve a las verdaderas personas. Quiero agradecerle el cariño. Con mi familia le hicimos una canción que le hicimos de corazón por el agradecimiento. Mañumn ñañita por todo”, dice otra.

“¡Se siente, se siente, Emilia está presente! ¡Estamos contentos, Emilia al parlamento! ¡Marichiweu! ¡Marichiweu! ¡Marichiweu! ¡Marichiweu! Yeiyeiyeiiiiiii”.

Con los gritos se da por terminada la sesión, y ahora cada comitiva sube al escenario con la bandera de su comunidad para sacarse fotos con la flamante diputada mientras una banda canta al son de guitarras y cultrunes. La gente hace fila para sacarse una foto con la diputada.

A las cinco de la tarde, por fin, Emilia Nuyado se sienta. Unas cinco personas se sientan alrededor de ella, formando un círculo, y la agasajan. En su mano derecha ponen una taza de madera con mate caliente, murta y un toque de azúcar. En la izquierda una hallulla con una lonja gruesa de mortadela y un chorrito de ají rojo. Emilia Nuyado chupa de la bombilla, disfrutando una de las tantas ofrendas de su tierra que sus hermanas le han traído antes de su primer día como honorable diputada de la República.

( Por Greta di Girolamo)

(Fuente: Nodal)