En el caso Robebrecht no “ratifiquen” la corrupción…. Por: Carlos Raúl Paredes (ENTRE4PAREDES)

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Lima, 02 Febrero 2017 (peruinforma.com/escrito por: Carlos Raúl Paredes).-

Si las ratas -las de 4 patas- pudieran hablar, no me cabe la menor duda que ya habrían levantado la voz para manifestar su malestar y rechazo por el malintencionado uso que un ex mandamás le dio al nombre de ese género de roedores para pretender describir en una sola palabra a los involucrados en el caso más grande de coimas y corrupción en la historia del Perú.

No hay derecho. Por más inmundos que sean los roedores no se les puede comparar con otros animales que, al ser racionales, cayeron en una clasificación aún más baja y repugnante; pues a su libre albedrío (potestad que no tienen las ratas) eligieron dar rienda suelta a habilidades o cualidades ratunas y/o rateras, recibiendo millones de dólares para beneficiarse a sí mismos y a la mayor empresa constructora de Latinoamérica.

(Recordemos que gracias a la justicia de Estados Unidos -queda claro que no fue gracias a la justicia peruana- en diciembre pasado se conoció el pago de hasta US$29 millones en coimas a funcionarios del Estado peruano entre los años 2005 y 2014, lapso que involucra a tres gobiernos).

Este escandaloso caso al que denominaré “Robebrecht” para no entorpecer las investigaciones -y es que más torpes no pueden estar-no necesita ser “ratificado”. ¿Qué culpa tienen las ratas de ser percibidas como animales peligrosos, sucios, parasitarios, ladrones de comida y fuente de enfermedades? ¿Eso acaso las convierte en presidentes, funcionarios de alto nivel del gobierno y miembros de comités de licitaciones, sin escrúpulos?

Si bien es cierto que las ratas son bastante ágiles, trepan hábilmente y logran incluso nadar muy bien, siendo las primeras en abandonar un barco que se hunde, cualquier parecido con la vida real de estos políticos y funcionarios coimeros es pura coincidencia, solo eso. No pretendan deshumanizar y “ratificar” la corrupción.

No se puede mancillar la reputación de las pobres ratas tan alegremente, menos aún si quien lo hace se cree el flautista de Hamelin y no es capaz de ver la peluda cola que arrastra.