“Asilo en tiempos de dictadura”… Por Octavio Huachani Sánchez

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Lunes 3 de enero de 1949. Protegido por la discreta oscuridad de la noche y la tenue luz de un farol, un auto se detiene en una de las esquinas cercana a la embajada de Colombia. Llevaba las luces apagadas. De la puerta trasera desciende un hombre de mediana estatura, figura gruesa, cuyo semblante reflejada preocupación y serenidad a la vez, a paso lento se acercó a la puerta de la embajada de Colombia: “Buenas noches, soy  Víctor Raúl Haya de la Torre y vengo a solicitar asilo político” dijo con voz pausada pero firme. Sin titubear el encargado abrió la puerta y lo hizo ingresar. Eran las nueve de la noche cuando la puerta se cerró tras él.

Ya dentro fue recibido por el embajador Carlos Echeverry Cortés con quién dialogó toda la noche. Haya le contó que había sido acusado de organizar una revuelta militar y de liderar una organización terrorista. El embajador le respondió que no se preocupara y que puede sentirse como en su casa.

Ya en su habitación del tercer piso Haya de la Torre escribió una carta que le enviaría a Luis Alberto Sánchez: “Yo me asilé con asco de hacerlo, pero me empujó el caso de verme arrojado de todos los posibles refugios. Jorge Idiáquez es testigo de que nos echaban de cada casa y que nadie quería verme (…)”.

Apenas la noticia del asilo de Haya de la Torre se divulgó, el general Odría ordenó que las tropas del ejército cercaran todo el entorno de la embajada con el fin de evitar visitas que podrían poner en peligro la seguridad nacional.

Por ese tiempo Odría, a través de Esparza Zañartu, había emprendido una dura persecución contra el Apra dejando una estela de apristas presos, torturados, deportados y asesinados.

Sin embargo, pese al peligro, todavía algunos apristas continuaban la tarea encomendada por Haya: Que el Apra mantenga su vigencia como partido, que sobreviva a las tiranías.

Está por finalizar 1949 y como todas las madrugadas de la dictadura, Lima asoma grisácea, rumorosa e insegura. Desde muy temprano cientos de obreros, la mayoría migrantes que habitan en los suburbios del sur de Lima, salen temerosos para dirigirse a sus centros de trabajo.

Al otro lado de la ciudad, luego de reunirse durante la madrugada con varios dirigentes chalacos, Luis Negreiros Vega sube al Dodge plomizo que conduce Villavicencio para dirigirse hacia el centro de Lima para reunirse con un grupo de dirigentes tranviarios. Lo acompañan Cirilo Cornejo, Ramírez Novoa y Ricardo Temoche. Cuando estaban por llegar a su destino el vehículo fue bruscamente interceptado por cuatro patrulleros. De los autos policiales descendieron una docena policías armados quienes sin dar la voz de alto abrieron fuego indiscriminado contra los ocupantes del auto quienes solo atinaron a agacharse para protegerse de las balas. En medio de la infernal balacera, Cirilo Cornejo le pide a Negreiros que salga del carro porque es a él a quien desean asesinar. Por unos instantes Negreiros lo escucha y duda en acatar la sugerencia, pero el énfasis de las palabras y la firmeza en la mirada del ex diputado por Huancavelica terminan por convencerlo. Entonces aprovechando el tumulto provocado por la torpe y desorganizada acción policial unida al revuelo causado por el pánico de los curiosos, Negreiros Vega logra escabullirse confundiéndose entre el gentío.

Días antes Negreiros se había reunido con su esposa Juanita Criado quien le comunicó que los funcionarios de la embajada de Bolivia  estaban preocupados por su situación y le preguntaron sobre su decisión de asilarse en su embajada. “Todos saben que te has convertido en el hombre más temible para la dictadura y que la orden del gobierno es capturarte vivo o muerto” le dijo. Ante el silencio de su esposo ella le preguntó ¿Por qué no lo entiendes así? ¿Qué te resulta tan difícil? Negreiros respondió: “otros se asilan o huyen yo no”

Tres meses después, en otra emboscada, Luis Negreiros Vega fue asesinado de 29 balazos.

Asilo en tiempos de democracia

Sábado 17 de Noviembre de 2018. Poco después de que un tribunal prohibiera a Alan García Pérez salir del Perú, el expresidente se dirigió a la residencia del embajador de Uruguay, Carlos Alejandro Barros y le solicitó asilo político. García argumentó que era un perseguido político.

“La Justicia en el Perú vive una situación anómala, y la situación jurídica de un dirigente político opositor está gravemente amenazada”, aseguró, sin mostrar pruebas.

Días antes García había declarado que en el Perú ya se ha dado un golpe de Estado solo que sin utilizar tanques.

Lo curioso, para llamarlo de alguna manera, es que no hay otro dirigente aprista enjuiciado ni perseguido por sus ideas políticas. Lo que existe son funcionarios detenidos e investigados por delito penales. Como es el caso del expresidente.

Sobre su asilo, diversos expertos coinciden que hubo contactos previos entre García y el embajador Barros.

“Nadie toca la puerta de la embajada para meterse. Se hace contacto previo”, comentó el jurista Aníbal Quiroga.

Lo cierto es que a diferencia del asilo del fundador del Apra Víctor Raúl Haya de la Torre que vivó aislado, el expresidente goza de todas las facilidades.

En un video captado por cámaras de seguridad de la calle Juan Antonio Pezet en San Isidro, se ve la llegada de los hijos del líder aprista, quienes estan acompañados por una funcionaría diplomática.

Un día después llegó Alan Raúl Simón García Nores acompañado de su esposa. Alan Raúl Simón al salir de la Embajada arremetió contra el fiscal José Domingo Pérez, al asegurar que este “abusa de su autoridad”. García Nores dijo que el pedido de impedimento de salida contra su padre demuestra que “no hay justicia en el país”. “Cómo van a confiar en la justicia cuando la Fiscalía ha gobernado como ahorita. Ningún fiscal superior se atreve a pararle la mano al fiscal (José Domingo Pérez) simplemente porque tienen miedo de lo que puedan decir ustedes la prensa”.

Difícil creer que en una dictadura se pueda dar este tipo de declaraciones.