“Amador García”… Por: Octavio Huachani Sánchez

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Lima , 25 enero 2017 (peruinforma.com / escrito por: Octavio Huachani Sánchez).-

Aquel 30 de marzo de 1948 fue un día especial para la familia García-Yanqui. Después de tres hijas, por fin les había nacido el ansiado varoncito. Ganado por la emoción y la alegría don Rómulo se animó a desenterrar el añoso porongo de chicha de jora que había puesto a fermentar a la espera de alguna gran ocasión. Y ahora deseaba celebrar brindando con los amigos y familiares que se acercaron a su humilde vivienda para felicitarlos por la llegada del nuevo miembro de la familia.

Amador Ulpiano García Yanqui nació en una de las más modestas serranías ayacuchanas. Justamente esa pobreza extrema hizo que don Rómulo y doña Lucía emigraran desde su natal Sacsabamba a la ciudad de Ica. Iban en busca de mejores oportunidades para sus cinco hijos.

Y allí, el pequeño Amador empezó a estudiar y, los fines de semana vendía helados o frutas en el pequeño mercado cercano a su casa. Pero también hacía mandados: llevaba víveres al domicilio de las señoras a cambio de propinas. Siempre trataba de agenciarse de algún dinero que ayudara a sus padres. Su dedicación y honradez hizo que lo contrataran como dependiente de una de las bodegas principales de la ciudad. En ese establecimiento se hizo amigo de uno de los clientes habituales que era dueño de un estudio fotográfico y siempre lucía atareado. Y allí recaló Amador como su ayudante en el laboratorio.  Poco a poco la fotografía lo fue ganando y empezó a ahorrar hasta que por fin se compró su propia cámara fotográfica. Desde ese momento nunca más dejaría de tomar fotos.

Amador tenía 27 años y muchos sueños cuando decidió emigrar hacia la gran capital. “Lima es una ciudad más grande y por ende debe haber más y mejores oportunidades”, se decía. Pero la realidad fue otra. A poco de arribar se topó con una ciudad que a veces se le mostraba tan fraterna como impía, tan mística como transgresora. No conocía a nadie y nadie lo conocía y el escaso dinero que había traído se le estaba consumiendo entre el pago por  pequeño cuartito que alquiló en Balconcillo y su frugal alimentación.

Con su metro con 64 centímetros de estatura y piel trigueña, Amador fácilmente pasaba desapercibido en medio de los cuatro millones y medio de personas que entonces transitaban diariamente por las calles de Lima. Con su cámara y documentos en mano, había recorrido numerosos estudios fotográficos tratando de conseguir algún empleo por modesto que fuera, pero fue inútil.

Entonces por primera vez lo invadió el desánimo y hasta pensó en retornar a Ica. Entonces, para reunir el dinero para su pasaje, cámara en ristre, decidió recorrer las playas de la Costa Verde tomando fotos a los veraneantes para luego entregárselos a sus domicilios. Amador quedó maravillado por la acogida que tuvo su incursión por las playas y del dinero que empezó a ganar. Entonces empezó a frecuentar a sus paisanos. Y en una de esas reuniones conoció a Emiliana Aucassi y se enamoró y decidió alquilar una habitación, esta vez más grande, para vivir con ella y formar una familia. Sus recorridos por las playas lo llevaron a ser testigo de rescates de bañistas a punto de ahogarse, de accidentes automovilísticos ocasionados por choferes ebrios, o de algún intento de suicido de personas que se habían trepado en los acantilados.

Uno a uno, estos hechos los fue registrando con su cámara y por consejo de un policía amigo se animó a ofrecerlos a los diarios limeños. La Prensa y Ultima Hora fueron los escogidos y los que se los compraban a cambio de propinas. Pero eso poco o nada le importaba a Amador quien se quedó fascinado por ese ambiente ruidoso del teclear de ruidosas máquinas de escribir por hombres que en su mayoría llevaban colgado un humeante cigarrillo entre sus labios que de milagro no se despegaba. Y empezó a recorrer las redacciones y los entablados pasillos de aquel viejo edificio donde se hizo conocido por sus singulares fotos. “Ahora solo faltan que me contraten” se decía, apoyado en los viejos balaustres de madera del segundo piso, mientras, nervioso, ahuecaba sus manos y las soplaba como si estuviera inflando algo.

Pero pasaron las semanas, los meses y varias temporadas de verano habían culminado y no lo contrataban, solo lo usaban como reemplazo cuando algún fotógrafo no iba a trabajar o faltaba cubrir alguna noticia extra, pero siempre a cambio de propinas que alimentaban su ego pero no su hogar. Para sostener  a los suyos Amador empezó a tomar fotos de matrimonios, bautizos y de cumpleaños, pero igual, apenas le alcanzaba. Y otra vez le volvió el desánimo y el deseo de retornar a Ica. Enterados de esta decisión sus amigos de la sección deportes le consiguieron un trabajo en el semanario deportivo “Ring Ilustrado”. Con su carné de periodista en mano llegó a La Prensa para darles la grata noticia a sus colegas. Esa noche fue de celebraciones y Amador lucía feliz, muy feliz: había logrado dar un paso importante. Después trabajaría en “Campeón” y “Reporter”, pero su mayor deseo seguía siendo el de ser fotógrafo de un diario o revista de prestigio. “No te preocupes que ya falta poco” le decía a su mujer. Hasta que una tarde de enero de 1983 de nuevo apareció por La Prensa. Esta vez estaba acompañado de su esposa (su pequeño Javier de un añito se había quedado en casa) y en su pecho lucía orgulloso el fotocheck de la revista Oiga. Por fin Amador había realizado su sueño. Tenía una mujer a quien amaba, un hijo que adoraba y además lo habían enviado de comisión a su natal Ayacucho donde regresaría como un triunfador: “Qué más puedo pedirle a Dios” murmuró”…